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sábado, 17 de septiembre de 2011

De PEQUEÑO TERRITORIO DE LO CIERTO, de Marcelo Carnero (Curandera Ediciones 2011)

Nadie que se encuentre con vida recuerda qué pasó. Sólo percibimos esa ilusión que se impregna como una falsa imagen, al escuchar los sucesos narrados por otros. Todos los relatos que se puedan invocar, incluso el mío, llevan una larga herencia de descomposiciónde lo que alguna vez fue una historia verdadera.
¿Pero cuánto más que esto es la historia?
El siniestro ejercicio de describir un hecho, hace que cada narrador deje de conjurar al anterior en cada nueva versión, así hasta la deformidad.
Tal vez pase mucho tiempo hasta que alguien, nombre por azar las partes de la historia original. Eso, igualmente, no cambiaría las cosas. Su portador quizá nunca se entere o, en caso de que lo hiciera y tratara que los demás vislumbraran en la niebla ¿quién le creería? ¿Qué peso tiene una historia entre todas sus variantes?
Sin embargo, si un día ocurriera, este asidero dejaría de ser por un momento un cuerpo mutilado, para otra vez convertirse rápidamente en lo que era antes en boca de otro narrador.
Como cuando en medio de la oscuridad, acariciamos con un rayo de luz la superficie de un objeto buscado y sin lograr detenernos a tiempo, volvemos a nuestra ceguera espesa, sin saber nada ya del cuerpo, que ahora en nuestro deseo se vuelve inhallable.
Pero no es mi tarea ni mi idea contar la historia de la historia, sino lograr que en alguna instancia de lo que intuimos como la sustancia que nos fragiliza y nos acaba, alguien sepa, alguien se entere de lo que padecemos.

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La lágrima al desprenderse, hizo un tajo. Palpaba, entre sueños, la niebla en su cara. En los dedos, la inercia del abismo. Sus labios comenzaron a acelerar el tiempo, a caer cada vez más lejos de los sonidos, más cerca de las palabras. Se despertó con dolor en los ojos y descorriendo un telón, desprendió la última capa de plástico que la moldeaba, y como si ahora supiera hablar y no reproducir palabras, dijo:
—Tengo hambre.
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La sed: en la sucesión de lo mirado, de lo deseado fríamente acumulándose en la retina. Despertábamos, estirando las manos en el petróleo negro, donde los suplicios resbalan sin que podamos nombrarlos. Porque al principio, esa especie oscura de la luz, ese sobrevivir de los ojos tensos, nos daba vértigo. Pero con el correr de las horas y el roce, todo se hacía más firme, y las imágenes tímidamente superpuestas, se construían en lo irreparable.
Pero la paz… la paz de saber ese ritmo, la paz de saber que era cierto.
Todo el día en los rincones, de las habitaciones en la siesta, espe- rando. Con el susurro como lengua y el dolor de la sed cada vez más profunda, sin poder respirar, sin que dejara de llegarnos ese aliento con el que se nos sofocaba. Y nosotros, mirando el hilo desparejo, como quien no sabe reponerse de las cadenas y entiende que lo más difícil, con el tiempo, va a ser fundir los huesos a la tierra.

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El río, una lava ardorosa, me envolvía por la noche en sus vaivenes. Estaba incrustado en mí, era su cauce.
Yo despertaba, el sueño acosado de amarillo.
Debería ser el río como un huevo de piedra. Un huevo brillante y dorado, perfecto.
Mi madre, la madre del río, era una mujer que yo no conocía.
La observaba, dormida, como se observa a una santa. Brillaba. Me acercaba a su rostro hasta que su respiración de antibiótico, me mareaba.
¿La culpa la tendría Cardozo?
Sí, y mi madre.
Cardozo, el enfermero:
era una mosca rubia sobre el hedor de los pibes.
Los pibes todos pinchados, vendían su dolor por una fruta.
Decrecían.
Yo soñaba.
Los cuerpitos rotos, malolientes, de los pibes, se consumían.
Explotaban y sobre las sábanas dejaban sus salpiques de sangre y mierda enferma. Y un pellejo frío en los colchones.
Yo soñaba.
Hacer una cosa pequeña, valiente para el mundo.
Una noche de amor, de madrugada, la gran noche a color de la eutanasia.
Yo soñaba.
Era un día de reyes.
Cardozo entraba en la sala de luces blancas. Estaba lleno de brazos, era una diosa oscura.
Los pibes, cachorritos, se mordían las sondas porque reírse les dolía. Las madres aplaudían. Era toda una fiesta lo amarillo.
Yo soñaba. Era un día de reyes.
Al pie de las camas, los platitos del pasto y los orines: el futuro mosaico de la ausencia.
Cardozo repartía pequeñas, olorosas pieles. Después, les salaba la palma de la lengua con un dosificador. La sala era un cubito de fría. Abría la puerta y hacía entrar tres esqueletos, tres baltasares, tres risas negras.
Metían uno por uno a los pibes en bolsas.
Las madres aplaudían.
Se llevaban a los pibes, dormiditos. Era un día de reyes. Yo soñaba.
El mercurio y la fiebre reventaban los techos.




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Recuerdo la casa, era una casa vieja, frágil, temblando con el viento en las tormentas. Al recordarla pienso que es una casa muy querida por mí. Detesto las casas donde no pasa nada, las casas con todo en orden, los pisos, las paredes limpias. Las detesto porque creo, siempre, que una casa es su persona, su habitante. Y desconfío de la gente que no tiembla con el viento o las tormentas. Y de aquella casa si hay algo que recuerdo, son las ratas. En las alacenas, los bajomuebles, los rincones. Y aquel verano fue de las ratas. Y el silencio, robusto como una nube, cerniéndose sobre nosotros. Pero las ratas… aparecieron apenas comenzó la primavera. Y se quedaron, contra nuestra sorpresa, contra nuestra desazón de ver, cómo los lugares donde pasaríamos el verano ya no iban a ser nuestros. Aunque eso todavía no lo sabíamos. Como si algo que hasta ahora importaba, hubiera comenzado su traslado, siempre imperceptible hacía el desierto. ¿Pero cómo nombrar ese deterioro? ¿Cómo vivir en el eco, en la inacción, impulsados por una fuerza que ya no somos y nos repite? Quizás el encuentro con esa forma de vida, nos repliegue a la nostalgia de sentir en la propia, la vida subterránea que nos vive. Pero no podemos habitar el terror, hay que salir, profundizar la brevedad de la hermosura. Aunque muchas veces no tengamos forma de descansar, y abramos los ojos, pesadamente, frente a una realidad irrefutable. Parece mentira cómo un hecho, que en su origen creímos menor, como la aparición de las ratas, se haya entramado con otros hasta tomar cada tejido de la realidad y volverse determinante. Porque aquella primavera, también encontramos un cuerpo. Y encontrar un cuerpo, siempre parece un hecho concreto, determinante. No recuerdo quién de nosotros lo encontró. Pero el cuerpo estaba ahí, deshecho.Y precisamente, las primeras ratas que vimos, se lo estaban comiendo. Y después, una mañana, escuché la historia: se filmó una película, en la cual, para llevar a cabo la última escena, soltaron miles de ratas con un dispositivo sonoro que las haría volver, pero el dispositivo falló y las ratas no volvieron. Se quedaron ahí, todavía están ahí.



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Si hay una presencia magnífica en mi vida, es la de la muerte. Y no digo la muerte como mera imagen simbólica. La muerte como un hongo desplegado en la forma débil del espíritu, de la pulsión de la vida. La he visto de maneras distintas, pero siempre relacionada con eso, con la debilidad del espíritu.
Nosotros no éramos nada, y sin embargo había algo en mí que me llamaba a la vida. Una pulsión tan fuerte, que sólo puedo sentir cuando rezo y de ahí viene también, la terrible fe. Digo terrible, porque creo que mi fe, por momentos me transformó en algo deforme, enfermo. Algo que no logro sacar de mí y que está en cada una de las cosas que hago y que es el miedo. Yo pedía, todas las noches de mi infancia, ser el deseo del amor. Que el amor de alguien se centrara en mí. Y había un volcán, una enorme marea haciendo presión para salir y era la rabia. Yo quería escapar de aquel jardín de homicidios que era mi madre. Que no terminaba de aniquilarnos, pero que ya lo había hecho. La misma persona que nos contaba cómo levantaba peso durante sus embarazos, para perderlos. Esa madre cloaca, llena de algo muerto. Pero si hay algo de lo que estoy seguro no prendió en mí, fue el silencio. Ese silencio que debe guardar la cosa que sobra, lo que no debe estar ni siquiera en su lugar. Y también pienso que los gritos y forcejeos de las noches de los martes y los viernes, durante varias semanas, las pesadillas que mi hermana tenía esos días, irremediablemente a las doce de la noche, eran un exorcismo concreto, una revelación contra todo aquel mal y aquel silencio que mi madre y el resto del mundo quería inocularnos. Y digo que parecíamos posesos, tratando de sostenernos en la fragilidad de aquel aire, y que más éramos pétalos quebrados, cayendo de la furia de mi madre, de esa furia pasiva, sistemática, silenciosa. Y en lugar de un corazón, en la zona donde la herida, el territorio quemado, se hacía perdurable, alguien hubiera depositado en mí, como un reloj, como una bomba de tiempo, la esperanza.

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