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martes, 24 de julio de 2012

Jean Luc Nancy

El intruso




No hay, en realidad, nada más 
miserablemente inútil y superfluo que el 
órgano llamado corazón, el medio más 
inmundo que hayan podido inventar los 
seres para bombear la vida en mí. 
Antonin Artaud.

El intruso se introduce por fuerza, por sorpresa o por astucia; en todo caso, sin 
derecho y sin haber sido admitido de antemano. Es indispensable que en el extranjero (2)
haya algo del intruso, pues sin ello pierde su ajenidad. Si ya tiene derecho de entrada y 
de residencia, si es esperado y recibido sin que nada de él quede al margen de la espera y 
la recepción, ya no es el intruso, pero tampoco es ya el extranjero. Por eso no es 
lógicamente procedente ni éticamente admisible excluir toda intrusión en la llegada del 
extranjero. 

Una vez que está ahí, si sigue siendo extranjero, y mientras siga siéndolo, en lugar 
de simplemente «naturalizarse», su llegada no cesa: él sigue llegando y ella no deja de ser 
en algún aspecto una intrusión: es decir, carece de derecho y de familiaridad, de 
acostumbramiento. En vez de ser una molestia, es una perturbación en la intimidad. 
Es esto lo que se trata de pensar, y por lo tanto de practicar: si no, la ajenidad del 
extranjero se reabsorbe antes de que este haya franqueado el umbral, y ya no se trata de 
ella. Recibir al extranjero también debe ser, por cierto, experimentar su intrusión. La 
mayoría de las veces no se lo quiere admitir: el motivo mismo del intruso es una 
intrusión en nuestra corrección moral (es incluso un notable ejemplo de lo politically 
correct). Sin embargo, es indisociable de la verdad del extranjero. Esta corrección moral 
supone recibir al extranjero borrando en el umbral su ajenidad: pretende entonces no 
haberlo admitido en absoluto. Pero el extranjero insiste, y se introduce. Cosa nada fácil 
de admitir, ni quizá de concebir...



Yo (¿quién, «yo»?; esta es precisamente la pregunta, la vieja pregunta: ¿cuál es ese 
sujeto de la enunciación, siempre ajeno al sujeto de su enunciado, respecto del cual es 
forzosamente el intruso, y sin embargo, y a la fuerza, su motor, su embrague o su 
corazón?), yo he recibido, entonces, el corazón de otro; pronto se cumplirán diez años. 
Me lo trasplantaron. Mi propio corazón (la cosa pasa por lo «propio», lo hemos 
comprendido; o bien no es en absoluto eso, y no hay propiamente nada que 
comprender, ningún misterio, ninguna pregunta siquiera, sino la simple evidencia de un 
trasplante (3), como dicen preferentemente los médicos), mi propio corazón, por tanto, 
estaba fuera de servicio por una razón nunca aclarada. Para vivir era preciso, pues, recibir 
el corazón de otro. 

(Pero, ¿qué otro programa se cruzaba entonces con mi programa fisiológico? Menos 
de veinte años atrás no se hacían trasplantes, y sobre todo, no se recurría a la 
ciclosporina, que protege contra el rechazo del órgano trasplantado. Dentro de veinte 
años seguramente se practicarán otros trasplantes, con otros medios. Se produce un 
cruce entre una contingencia personal y una contingencia en la historia de las técnicas. 
Antes, yo habría muerto; más adelante sería, por el contrario, un sobreviviente. Pero 
siempre ese «yo» se encuentra estrechamente aprisionado en un nicho de posibilidades 
técnicas. Por eso es vano el debate que he visto desplegarse entre quienes pretendían 
que fuera una aventura metafísica y quienes lo concebían como una proeza técnica: se 
trata por cierto de ambas, una dentro de otra.) 

Desde el momento en que me dijeron que era necesario hacerme un trasplante, 
todos los signos podían vacilar, todos los puntos de referencia invertirse, sin reflexión, 
por supuesto, e incluso sin identificación de ningún acto ni de permutación alguna. 
Simplemente, la sensación física de un vacío ya abierto en el pecho, con una suerte de 
apnea en la que nada, estrictamente nada, todavía hoy, podría separar en mí lo orgánico, 
lo simbólico y lo imaginario, ni distinguir lo continuo de lo interrumpido: todo eso fue 
como un mismo soplo, impulsado de allí en más a través de una extraña caverna ya 
imperceptiblemente entreabierta, y como una misma representación, la de pasar por la 
borda mientras se permanece en la cubierta. 

Si mi propio corazón me abandonaba, ¿hasta dónde era «el mío», y «mi propio» 
órgano? ¿Era siquiera un órgano? Desde hacía algunos años experimentaba cierto 
palpitar, quiebres en el ritmo, poco en verdad (cifras de máquinas, como la «fracción de 
eyección», cuyo nombre me gustaba): no un órgano, no la masa muscular rojo oscuro 
acorazada con tubos que ahora, de improviso, debía imaginar. No «mi corazón» latiendo 
sin cesar, tan ausente hasta entonces como la planta de mis pies durante la marcha. 
Se me volvía ajeno, hacía intrusión por defección: casi por rechazo (4), si no por 
deyección. Tenía ese corazón en la boca, como un alimento inconveniente. Algo así como 
una náusea5, pero disimulada. Un suave deslizamiento me separaba de mí mismo. Estaba 
allí, era verano, había que esperar, algo se desprendía de mí, o surgía en mí donde no 
había nada: nada más que la «propia» inmersión en mí de un «yo mismo» que nunca se



había identificado como ese cuerpo, todavía menos como ese corazón, y que se 
contemplaba de repente. Por ejemplo, al subir las escaleras, más adelante, cuando sentía 
las palpitaciones de cada extrasístole como la caída de una piedra en el fondo de un 
pozo. ¿Cómo se convierte entonces uno en una representación para uno mismo? ¿Y en 
un montaje de funciones? ¿Y dónde desaparece entonces la evidencia poderosa y muda 
que mantenía el conjunto unido sin historia? 

Mi corazón se convertía en mi extranjero: justamente extranjero porque estaba 
adentro. Si la ajenidad venía de afuera, era porque antes había aparecido adentro. Qué 
vacío abierto de pronto en el pecho o en el alma —es lo mismo— cuando me dijeron: 
«Será necesario un trasplante»... Aquí, el espíritu tropieza con un objeto nulo: nada que 
saber, nada que comprender, nada que sentir. La intrusión de un cuerpo ajeno al 
pensamiento. Ese blanco permanecerá en mí como el pensamiento mismo y su contrario 
al mismo tiempo. 

Un corazón que sólo late a medias es sólo a medias mi corazón. Yo no estaba más en 
mí. Llego desde otro lado, o bien ya no llego. Una ajenidad se revela «en el corazón» de lo 
más familiar, pero familiar es decir demasiado poco: en el corazón de lo que nunca se 
designaba como «corazón». Hasta aquí, era extranjero a fuerza de no ser siquiera sensible, 
de no estar siquiera presente. De allí en más desfallece, y esta ajenidad vuelve a 
conducirme a mí mismo. «Yo» soy porque estoy enfermo («enfermo» no es el término 
exacto: no está infectado, está enmohecido, rígido, bloqueado). Pero el que está jodido 
es ese otro, mi corazón. A ese corazón, ahora intruso, es preciso extrudirlo. 
Sin duda, esto sólo sucede a condición de que yo lo quiera, y algunos otros 
conmigo. «Algunos otros» son mis parientes, pero también los médicos y por fin yo 
mismo, que me descubro aquí más doble o múltiple que nunca. Es preciso que toda esta 
gente a la vez, por motivos diferentes en cada caso, se ponga de acuerdo en pensar que 
vale la pena prolongar mi vida. No es difícil imaginar la complejidad del conjunto ajeno 
que interviene de este modo en lo más vivo de «mí». Dejemos de lado a los parientes, y 
también a mi «mismo» (que sin embargo, lo he dicho, se desdobla: una extraña 
suspensión del juicio me hace imaginar que muero, sin sublevación, también sin 
atracción...; uno siente que el corazón lo abandona, cree que va a morir, que ya no va a 
sentir nada). Pero los médicos —que son aquí todo un equipo— intervienen mucho más 
que lo que hubiera pensado: deben, ante todo, evaluar la indicación del trasplante, luego 
deben proponerlo, no imponerlo. (Para ello, me dirán que habrá un «seguimiento» 
obligatorio, sin más; ¿qué otra cosa podrían asegurar? Ocho años más tarde, y después de 
muchas otras molestias, tendré un cáncer provocado por el tratamiento; pero sobrevivo 
todavía hoy: ¿quién dirá lo que «vale la pena», y qué pena?) 

Pero los médicos deben también decidir, lo comprenderé hilvanando retazos, una 
inscripción en la lista de espera (en mi caso, por ejemplo, aceptar mi pedido de 
inscribirme recién hacia el final del verano, lo cual supone una cierta confianza en la 
firmeza del corazón), y esta lista implica elecciones: me hablarán de otra persona


susceptible de recibir un trasplante, pero manifiestamente incapaz de soportar las 
consecuencias médicas de este, sobre todo la toma de medicamentos. Sé también que 
sólo me pueden implantar un corazón del grupo 0 positivo, lo cual limita las 
posibilidades. No plantearé nunca la pregunta: ¿Cómo se decide, y quién decide, cuando 
hay un órgano disponible para más de un trasplantado potencial? Se sabe que en esto la 
demanda es mayor que la oferta. . . De pronto, mi sobrevida está inscripta en un proceso 
complejo tejido entre extraños y extrañezas. 

¿En qué punto debe alcanzarse un acuerdo de todos para la decisión final? En lo 
tocante a una sobrevida que no se puede considerar desde el punto de vista estricto de 
una pura necesidad: ¿adónde se iría a tomarla? ¿Cuál es la obligación de hacerme 
sobrevivir? Esta pregunta se ramifica en muchas otras: ¿Por qué yo? ¿Por qué sobrevivir, 
en general? ¿Qué significa «sobrevivir»? ¿Es, además, un término apropiado? ¿Por qué la 
duración de una vida es un bien? Tengo entonces cincuenta años: la edad de alguien que 
sólo es joven en un país desarrollado a fines del siglo XX... Morir a esa edad no tenía nada 
de escandaloso hace apenas dos o tres siglos. ¿Por qué el término «escandaloso» se me 
ocurre hoy en este contexto? ¿Y por qué y cómo no hay ya para nosotros, «desarrollados» 
del año 2000, un «tiempo justo» para morir (apenas antes de los ochenta años, y el límite 
no va a dejar de ampliarse)? Un médico me dijo un día, cuando renunciaron a encontrar 
la causa de mi miocardiopatía: «Su corazón estaba programado para durar hasta los 
cincuenta años». Pero, ¿cuál es ese programa del que no puedo hacer destino ni 
providencia? No es más que una corta secuencia programática en una ausencia general de 
programación. 

¿Dónde están, aquí, la justeza y la justicia? ¿Quién las mide, quién las pronuncia? 
Todo me llegará de otra parte y desde afuera en esta historia, así como mi corazón, mi 
cuerpo, me llegaron de otra parte, son otra parte «en» mí. 
No pretendo tratar la cantidad con desprecio, ni declarar que ya no sabemos contar 
más que con la duración de una vida, indiferentes a su «calidad». Estoy dispuesto a 
reconocer que incluso en una expresión como «Es mejor que nada»(6) se ocultan bastantes 
más secretos que lo que parece. La vida no puede hacer otra cosa que impulsar a la vida. 
Pero también se dirige hacia la muerte: ¿Por qué iba, en mí, hacia este límite del corazón? 
¿Por qué no lo habría hecho? 

Aislar la muerte de la vida, no dejarlas entrelazarse íntimamente, cada una intrusa en 
el corazón de la otra: he aquí lo que nunca hay que hacer. 
Después de ocho años habré escuchado tantas veces, y yo mismo me habré 
repetido tantas otras, durante las pruebas: «¡Pero si no, no estarías aquí!» ¿Cómo pensar 
esta especie de cuasinecesidad o de carácter deseable de una presencia cuya ausencia 
siempre habría podido, simplemente, configurar de otro modo el mundo de algunos? ¿Al 
precio de un sufrimiento? Seguramente. Pero, ¿por qué siempre volver a lanzar la asíntota


de una falta de sufrimiento? Vieja pregunta, que la técnica exacerba y lleva a un grado 
para el cual —es preciso confesarlo— distamos de estar preparados. 
Al menos desde la época de Descartes la humanidad moderna hizo del voto de 
supervivencia y de inmortalidad un elemento en un programa general de «dominio y 
posesión de la naturaleza». Programó de este modo una ajenidad creciente de la 
«naturaleza». Reavivó la ajenidad absoluta del doble enigma de la mortalidad y la 
inmortalidad. Elevó lo que representaban las religiones a la potencia de una técnica que 
empuja más lejos el final en todos los sentidos de la expresión: al prolongar el plazo, 
despliega una ausencia de fin. ¿Qué vida prolongar, con qué finalidad? Diferir la muerte 
es también exhibirla, subrayarla. 

Es preciso decir solamente que la humanidad nunca estuvo preparada para ninguna 
variante de dicha pregunta, y que su no preparación para la muerte no es más que la 
muerte misma: su golpe y su injusticia. 

De este modo, el extranjero múltiple que es intrusión en mi vida (mi tenue vida 
jadeante que a veces resbala en el malestar, al borde de un abandono apenas asombrado) 
no es otro que la muerte, o más bien la vida/la muerte: una suspensión del continuum 
de ser, una escansión en la que «yo» no tiene/no tengo demasiado que hacer. La revuelta 
y la aceptación son igualmente ajenas a la situación. Pero no hay nada que no sea ajeno. 
El medio de sobrevivir, él mismo, él antes que nada, es de una completa ajenidad: ¿qué 
puede ser eso de reemplazar un corazón? La cosa excede a mis posibilidades de 
representación. (La apertura de todo el tórax, la conservación del órgano a trasplantar, la 
circulación extracorpórea de la sangre, la sutura de los vasos... Comprendo, por cierto, 
que los cirujanos hablen de la insignificancia de este último punto: en los by-pass, los 
vasos son bastante más pequeños. Pero no obsta: el trasplante impone la imagen de un 
pasaje a través de la nada, una salida hacia un espacio vaciado de toda propiedad o toda 
intimidad, o, muy por el contrario, de la intrusión en mí de este espacio: tubos, pinzas, 
suturas y sondas.) 

¿Qué es esta vida «propia» que se trata de «salvar»? Se revela entonces, al menos, 
que esta propiedad no reside en nada en «mi» cuerpo. No se sitúa en ninguna parte, ni en 
ese órgano cuya reputación simbólica ya no hay que construir. 
(Se dirá: queda el cerebro. Y, por supuesto, la idea del trasplante de cerebro agita 
cada tanto las crónicas. La humanidad volverá a hablar de ello algún día, sin duda. Por el 
momento, se admite que un cerebro no sobrevive sin el resto del cuerpo. En cambio, y 
para no insistir, sobreviviría quizá con un sistema entero de cuerpos ajenos 
trasplantados...) 

Vida «propia» que no se sitúa en ningún órgano y que sin ellos no es nada. Vida que 
no sólo sobrevive, sino que vive siempre propiamente, bajo una triple influencia ajena: la 
de la decisión, la del órgano, la de las consecuencias del trasplante.


De entrada, el trasplante se presenta como una restitutio ad integrum: se ha vuelto 
a encontrar un corazón que palpita. En este aspecto, toda la simbólica dudosa del don del 
otro, de una complicidad o una intimidad secreta, fantasmática, entre el otro y yo, se 
desmorona muy rápido; parece, por otra parte, que su utilización, todavía difundida 
cuando me hicieron el trasplante, desaparece poco a poco de las conciencias de los 
trasplantados: ya existe una historia de las representaciones del trasplante. Se ha puesto 
mucho el acento en una solidaridad, incluso en una fraternidad, entre los «donantes» y 
los receptores, con la finalidad de incitar a la donación de órganos. Y nadie puede dudar 
de que ese don haya llegado a ser una obligación elemental de la humanidad (en los dos 
sentidos del término), ni que instituya entre todos, sin más límites que las 
incompatibilidades de grupos sanguíneos (sin límites sexuales o étnicos en particular: mi 
corazón puede ser el corazón de una mujer negra), una posibilidad de red en que la 
vida/muerte se comparte, la vida se conecta con la muerte, lo incomunicable se 
comunica. 

Muy rápidamente, sin embargo, el otro como extranjero puede manifestarse: ni la 
mujer, ni el negro, ni el joven, ni el vasco, sino el otro inmunitario, el otro insustituible a 
quien, empero, se ha sustituido. Esto se denomina «rechazo»: mi sistema inmunitario 
rechaza el sistema del otro. (Esto quiere decir: «yo» tengo dos sistemas, dos identidades 
inmunitarias…) No poca gente cree que el rechazo consiste literalmente en escupir el 
corazón, en vomitarlo: después de todo, el término parece elegido para hacerlo creer. No 
es eso, pero se trata, sin duda, de lo que es intolerable en la intrusión del intruso, mortal 
sin un tratamiento inmediato. 

La posibilidad del rechazo nos instala en una doble ajenidad: por una parte, la del 
corazón trasplantado, que el organismo identifica y ataca en cuanto ajeno; por otra, la del 
estado en que la medicina instala al trasplantado para protegerlo. Deduce su inmunidad 
para que soporte al extranjero. Lo convierte, entonces, en extranjero para sí mismo, para 
esta identidad inmunitaria que es un poco su firma fisiológica. 

El intruso está en mí, y me convierto en extranjero para mí mismo. Si el rechazo es 
muy fuerte, es necesario tratarme para que resista a las defensas humanas (esto se hace 
con inmunoglobulina extraída de los conejos y destinada a ese uso «antihumano», tal 
como se especifica en el prospecto, y cuyos efectos sorprendentes, unos temblores casi 
convulsivos, no dejo de recordar). 

Pero el hecho de convertirme en un extranjero para mí mismo no me acerca al 
intruso. Parecería, más bien, que se hace pública una ley general de la intrusión. Jamás 
hay una sola: ni bien se produce, comienza a multiplicarse, a identificarse en sus 
diferencias internas renovadas. 

De este modo, padecería varias veces el virus del herpes zóster o el citomegalovirus, 
extranjeros dormido en mí desde siempre y que se despiertan de pronto contra mí por la 
necesaria inmunodepresión.


Como mínimo, sucede lo siguiente: identidad vale por inmunidad, una se identifica 
con otra. Reducir una es reducir la otra. La ajenidad y la extranjería se vuelven comunes y 
cotidianas. Esto se traduce en una exteriorización constante de mí: es preciso que me 
mida, que me controle, que me pruebe. Se nos acoraza con recomendaciones en relación 
con el mundo exterior (las muchedumbres, los negocios, las piscinas, los niños, los 
enfermos). Pero los enemigos más vivos están en el interior: los viejos virus agazapados 
desde siempre a la sombra de la inmunidad, los intrusos de siempre, puesto que siempre 
los hubo. 

En este último caso, no hay prevención posible. Sí tratamientos que se ramifican una 
vez más en ajenidades. Que fatigan, que arruinan el estómago..., o bien el dolor aullante 
del herpes zóster... A través de todo eso, ¿qué «yo» [«moi»] sigue qué trayectoria? 
¡Qué extraño yo! 

No es que me hayan abierto, hendido, para cambiarme el corazón. Es que esta 
hendidura no puede volver a cerrarse. (Por otra parte, cada radiografía lo muestra, el 
esternón se cose con ganchos de hilos de acero retorcidos.) Estoy abierto cerrado. Hay 
allí una abertura por la cual pasa un flujo incesante de ajenidad: los inmunodepresores, 
los otros medicamentos destinados a combatir algunos de los llamados efectos 
secundarios, los efectos que no se sabe combatir (como la degradación de los riñones), 
los controles renovados, toda la existencia colocada en un nuevo registro, barrida de lado 
a lado. La vida explorada y trasladada a múltiples registros en los que cada uno inscribe 
otras posibilidades de muerte. 

De este modo, yo mismo me convierto en mi intruso, de todas esas maneras 
acumuladas y opuestas. 

Lo siento con precisión, es mucho más fuerte que una sensación: la ajenidad de mi 
propia identidad, que, sin embargo, siempre me fue tan viva, nunca me tocó con esta 
acuidad. «Yo» se convirtió claramente en el índice formal de un encadenamiento 
inverificable e impalpable. Entre yo y yo, siempre hubo espacio-tiempo: pero hoy existe 
la abertura de una incisión y lo irreconciliable de una inmunidad contrariada. 
Aparece, además, el cáncer: un linfoma del que nunca había notado más que su 
eventualidad (no su necesidad, por cierto: pocos trasplantados pasan por ello), señalada 
en el prospecto de la ciclosporina. La causa es la baja inmunitaria. El cáncer es como el 
rostro masticado, ganchudo y estragado del intruso. Extraño a mí mismo, y yo mismo que 
me enajeno. ¿Cómo decirlo? (Pero se discute todavía acerca de la naturaleza exógena o 
endógena de los fenómenos cancerosos.) 

Aquí también, de otro modo, el tratamiento exige una intrusión violenta. Incorpora 
una cantidad de ajenidad quimioterapéutica y radioterapéutica. Al mismo tiempo que el 
linfoma roe el cuerpo y lo agota, los tratamientos lo atacan, lo hacen sufrir de diversas


maneras, y el sufrimiento es la relación entre una intrusión y su rechazo. Aun la morfina, 
que calma los dolores, provoca otro sufrimiento: el embrutecimiento y el extravío. 
El tratamiento más elaborado se denomina «autotrasplante» (o «trasplante de células 
madre»): después de haber vuelto a activar mi producción linfocitaria por medio de 
«factores de crecimiento», durante cinco días seguidos me extraen glóbulos blancos (se 
hace circular toda la sangre fuera del cuerpo y los extraen mientras esta circula). Los 
congelan. Luego me ponen en una cámara estéril durante tres semanas y me aplican una 
quimioterapia muy fuerte, que deprime la producción de la médula antes de reactivarla 
mediante el reimplante de las células madre congeladas (sobrevuela un extraño olor a ajo 
durante este procedimiento...). La baja inmunitaria llega a niveles extremos y genera 
fuertes fiebres, micosis, trastornos en serie, antes de que la producción de linfocitos se 
recupere. 

Se sale desorientado de la aventura. Uno ya no se reconoce: pero «reconocer» no 
tiene ahora sentido. Uno no tarda en ser una mera fluctuación, una suspensión de 
ajenidad entre estados mal identificados, dolores, impotencias, desfallecimientos. La 
relación consigo mismo se convierte en un problema, una dificultad o una opacidad: se 
da a través del mal o del miedo, ya no hay nada inmediato, y las mediaciones cansan. 
La identidad vacía de un «yo» ya no puede reposar en su simple adecuación (en su 
«yo = = yo») cuando se enuncia: «yo sufro» implica dos yoes extraños uno al otro (pero 
que sin embargo se tocan). Lo mismo ocurre con «yo gozo» (podríamos mostrar que esto 
se indica en la pragmática de uno y otro enunciado): pero en el «yo sufro», un yo rechaza 
al otro, mientras que en el «yo gozo», uno excede al otro. Esto se asemeja, sin duda, 
como dos gotas de agua, ni más ni menos. 

Yo termino/termina por no ser más que un hilo tenue, de dolor en dolor y de 
ajenidad en ajenidad. Se llega a cierta continuidad en las intrusiones, un régimen 
permanente de la intrusión: a la ingesta más que cotidiana de medicamentos y a los 
controles en el hospital se agregan las consecuencias dentales de la radioterapia, así 
como la pérdida de saliva, el control de los alimentos y el de los contactos contagiosos, el 
debilitamiento de los músculos y de los riñones, la disminución de la memoria y de la 
fuerza para trabajar, la lectura de los análisis, las reincidencias insidiosas de la mucositis, 
la candidiasis o la polineuritis, y esa sensación general de no ser ya disociable de una red 
de medidas, de observaciones, de conexiones químicas, institucionales, simbólicas, que 
no se dejan ignorar como las que constituyen la trama de la vida corriente y, por el 
contrario, mantienen incesante y expresamente advertida a la vida de su presencia y su 
vigilancia. Soy ahora indisociable de una disociación polimorfa. 

Así fue siempre, más o menos, la vida de los viejos y de los enfermos: pero yo no soy 
exactamente ni lo uno ni lo otro. Lo que me cura es lo que me afecta o me infecta, lo que 
me hace vivir es lo que me envejece prematuramente. Mi corazón tiene veinte años 
menos que yo, y el resto de mi cuerpo tiene una docena (al menos) más que yo. De este


modo, rejuvenecido y envejecido a la vez, ya no tengo edad propia y no tengo 
propiamente edad. Tampoco tengo propiamente oficio, sin estar jubilado. No soy, 
asimismo, nada de lo que tengo que ser (marido, padre, abuelo, amigo) sin serlo en esa 
condición demasiado general del intruso, de los diversos intrusos que pueden, a cada 
instante, tomar mi lugar en la relación o en la representación del prójimo. 
Con un mismo movimiento, el «yo» más absolutamente propio se aleja a una 
distancia infinita (¿adónde va?, ¿a qué punto de fuga desde el cual pueda proferir todavía 
que esto sería mi cuerpo?) y se hunde en una intimidad más profunda que toda 
interioridad (el nicho inexpugnable desde el cual digo «yo», pero que sé tan hendido 
como un pecho abierto sobre un vacío o como el deslizamiento en la inconciencia 
morfínica del dolor y del miedo mezclados en el abandono). Corpus meum e interior 
íntimo meo, las dos expresiones juntas para decir con gran exactitud, en una 
configuración completa de la muerte de dios, que la verdad del sujeto es su exterioridad 
y su excesividad: su exposición infinita. El intruso me expone excesivamente. Me extrude, 
me exporta, me expropia. Soy la enfermedad y la medicina, soy la célula cancerosa y el 
órgano trasplantado, soy los agentes inmunodepresores y sus paliativos, soy los ganchos 
de hilo de acero que me sostienen el esternón y soy ese sitio de inyección cosido 
permanentemente bajo la clavícula, así como ya era, por otra parte, esos clavos en la 
cadera y esa placa en la ingle. Me convierto en algo así como un androide de ciencia 
ficción, o bien en un muerto-vivo, como dijo una vez mi hijo menor. 
Estoy, junto con mis semejantes cada vez más numerosos7, en los comienzos de una 
mutación. En efecto, el hombre comienza a sobre-pasar infinitamente al hombre (esto es 
lo que siempre quiso decir la «muerte de dios», en todos los sentidos posibles). Se 
convierte en lo que es: el más terrorífico y perturbador técnico, como lo designó Sófocles 
hace veinticinco siglos, el que desnaturaliza y rehace la naturaleza, el que recrea la 
creación, el que la saca de la nada y el que, quizá, vuelva a llevarla a la nada. El que es 
capaz del origen y del fin. 
El intruso no es otro que yo mismo y el hombre mismo. No otro que el mismo que 
no termina de alterarse, a la vez aguzado y agotado, desnudado y sobreequipado, intruso 
en el mundo tanto como en sí mismo, inquietante oleada de lo ajeno, conatus de una 
infinidad excreciente.(8)


10 
Post scriptum
(Abril de 2005) 
Han transcurrido cinco años desde la primera publicación de este texto. En este 
período superé los diez años de trasplante que desde el primer momento se me habían 
esbozado como límite, como el horizonte más alejado que tal vez —he pensado no hace 
mucho— no llegaría a alcanzar. 
Pasado este umbral, acecho (vagamente, a decir verdad) las esperanzas de vida de 
los trasplantados, o bien me complazco en hacerme creer que ya no hay límites y 
recupero la convicción de inmortalidad que todos compartimos, pero aumentada por la 
seguridad de haber franqueado al menos dos veces el término crítico. 
A veces temo la usura de tantos años de quimioterapia y de un corazón que trabaja 
en condiciones delicadas; otras, el tiempo pasado me parece, por el contrario, una 
garantía de regulación y de una larga travesía. 
De una u otra manera, una nueva ajenidad se ha apoderado de mí. Ya no sé muy 
bien a título de qué sobrevivo, ni si tengo verdaderamente los medios para ello o el 
derecho. (Jacques Derrida hizo del «sobrevivir» un concepto. Hace ya seis meses que se 
fue. El páncreas no se trasplanta.) Por supuesto, ese sentimiento aflora rara y 
fugitivamente. La mayor parte del tiempo no pienso en ello, así como concurro menos al 
hospital (el cual pierde, por esa razón, la familiaridad que había adquirido). Pero cuando 
ese pensamiento me atraviesa, comprendo también que ya no tengo un intruso en mí: yo 
lo soy, y como tal frecuento un mundo donde mi presencia bien podría ser demasiado 
artificial o demasiado poco legítima. 
¿Tal conciencia no es de manera banal la de mi muy simple contingencia? ¿El ingenio 
técnico vuelve a llevarme y exponerme a esa simplicidad? La idea me da una alegría 
singular.







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